miércoles, 4 de marzo de 2009

ARGAMASA (cuarta entrega)


El reciente cuidador de vasos era un joven llamado Solgo y pronto sería requerido para otros quehaceres. Pero de ello diremos luego. Hablemos ahora de la emperatriz Lin Yo Huan, de la dinastía de los Sindares . Proveniente de una tradicional familia de Pekín, Lin se crió en palacios y jardines cumpliendo las tradiciones de los elegidos. Hija de padre guerrero y de madre sumisa y tierna, vio pasar desde pequeña las bondades de los privilegios y las maldades del poder. Su niñez transcurrió en la cáscara del poder. Educada con las formalidades de los arcaísmos familiares mostró desde temprana edad habilidades y talentos que sorprendían a los grandes Maestros del Palacio. Era conocida la rigurosidad de la enseñanza; en ello los Sindares se destacaron por décadas. Los mejores maestros eran traídos desde cualquier punto de China, bien pagos y absorbidos íntegramente para la educación de los futuros gobernantes del mayor imperio del planeta. Lin se las arregló para –además de cumplir con las normas de vida tradicional- “espiar” la vida real fuera del Palacio. Utilizó hábiles recursos que le permitieron salir con maestros y custodias fuera de las anchas paredes y enormes salones de la residencia. Reveló vocación por la botánica y pasión por las especies, inclinación que poseía pero exageraba para habituar visitas al campo y exploración del bosque y vegetación de la comarca. Allí descubrió Lin que la vida de los otros no era parecida a la de ella, que había pobres por doquier y sonrisas y tristezas en los rostros de la gente.

Elvio Zanazzi

lunes, 2 de marzo de 2009

ESO ES


Es la partícula más fina del universo recorriendo un aroma de mentas y azahares.
Es la canción que envuelve semitonos irrepetibles.
Es la poesía más tierna que se haya escrito desde la aparición del papiro.
Es el mar con sus destellos mañaneros, cuando campanitas plateadas serpentean la mirada.
Es la llanura cuando los verdes tiñen los valles y la vista aprisiona esa belleza.
Es el silencio de la montaña, las nubes rozándonos la soledad.
Eso es abrazarte.

Elvio

viernes, 20 de febrero de 2009

EN LAS CEGUERAS DEL MILAGRO (Nilda Salgueiro)


I
sin convocarlos
aparecen...
Se adueñan de las sombras.
Asedian.
Acosan,
dueños del secreto.
Imponen a mi almohada su vigilia.
Manosean,
se arrastran,
palpan y emigran
cuando los pájaros amanecen.
La noche los regresa
al amparo del silencio.
¿Dónde el fúnebre recinto?
¿Cuáles las palabras mágicas?
Alguien se empecina
en exhumar mis fantasmas.

Nilda Salgueiro
(de su libro "Raíz de fuego". Yaguarón Ediciones)

miércoles, 18 de febrero de 2009

ERRAR ES HUMANO

Malika es ingresada en un hospital de Kandahar. Está herida. Grita ¡Sakena, Sakena! Y llora porque le duele mucho la pierna derecha que está destrozada. Malika tiene siete años y esta noche fue a la montaña. Su papá la llevó a la aldea de Kakrakai porque se casaba su prima Sakena. Al menos era una distracción después de tantos dolores. A Malika le mataron la madre en un bombardeo por error; de ése se salvó por poquito. Había salido a buscar agua cuando una bomba cayó sobre su casa. Y ahora, cuando la alegría parecía retornar efímera, lenta, asomando a dentelladas, otras bombas cayeron mientras cientos de afganos festejaban el casamiento de Sakena y Fazalun. Ellos estaban felices, la gente reía y cantaba y la luna brillaba como nunca sobre Kandahar, detenida, fotográfica, sonriente, bendiciendo a la aldea.
Los hombres del Pashtún, apegados a las tradiciones nupciales, dispararon al aire con armas de fuego, como se hace habitualmente, desde que el mundo es mundo en Kakrakai. Pero los norteamericanos creyeron que se trataba de un ataque y bombardearon el pueblo. Murieron cerca de cien personas. Pero fue un bombardeo por error. Malika lo sabe, se lo dijeron en el hospital. Dijeron que su propio Presidente lo había dicho. La pena es que tendrá que comenzar a buscar un padrecito nuevo y otra pierna y ya no verá más a Fazalun ni a su amiguita Qadria, ni al tío Abdul, ni a Gulbuddin, que le hablaba del mar, ni a Shela, que cada vez que la veía le decía que era una linda niña y le contaba a escondidas que al fin había llegado a Afganistán la libertad.


Elvio Zanazzi

lunes, 16 de febrero de 2009

No era cierta (Norberto García Yudé)

No era cierta
la piedra en la cabeza
ni el oído en el trueno
ni la llovizna de fuego
deambulando
por los labios partidos.

No era cierta, no
tu mirada trunca
que deslumbraba soles
en la contrita soledad del monte.

Ambos fuimos abatidos
en un pozo sin fondo,
para no regresar
para quedar gravados
en el trotecito lento,
zarco, de la noche.

Norberto García Yudé, porteño. De su libro "Signos Vitales" (El Francotirador Ediciones)

sábado, 14 de febrero de 2009

Al ruido del martillo

Al ruido del martillo, la vejez prematura, el miedo a la barbarie, la soledad (propia y de los otros), la amabilidad desentendida, la precariedad, el insostenible latido, el murmullo de la vanidad, la tristeza estoica prendida en el cuero cabelludo, el cuero cabelludo prendido a la sangre, sin soltar nada, ni un instante, la culpa de vivir a contramano, a contrapelo, a contrafilo, en contra de uno mismo; atragantado de palabras, mudo de silencios, tieso de nostalgias, aterido de sonidos y de infancias. La pregunta sigue en pie; no hay ganas ya de buscar respuestas; no hay ganas ya de abandonar el cigarrillo; culpa de todo; miedo de todo; asco de todo; de uno mismo, sobre todo de uno mismo. En el lugar equivocado, en la montaña o en el llano, como dijo la vieja; con mi nene que quiere jugar algún jueguito…
Así viene la tarde noche
Así viene la tarde noche
Así viene la tarde noche

jueves, 12 de febrero de 2009

Desacoplado


Domingo, 1 de Febrero de 2009- TOMADO, CON TODO RESPETO, DEL DIARIO PÁGINA 12. ME PARECE UNA JOYITA (ADEMÁS PORQUE ME CONMUEVE GUITARRA NEGRA).
UN ACTOR ELIGE SU OBRA DE ARTE FAVORITA: POMPEYO AUDIVERT Y “GUITARRA NEGRA” DE ALFREDO ZITARROSA

Por Pompeyo Audivert

A mediados de los ’80 tenía una minúscula imprenta, hacía teatro de noche y de día imprimía tarjetas y recetarios en una minerva, máquina primitiva y peligrosa donde uno puede perder la mano si la pifia. Era un trabajo alienante y también, vaya paradoja, creativo. La cabeza volaba intentando una salida. En eso estaba una mañana con la radio encendida cuando de en medio del batifondo de los hierros y el motor eléctrico emergió una voz que, cargada de un imperio que no admitía rechazo, se impuso a todo aquella mañana. Una voz que reconocí de inmediato como aquello que yo estaba buscando sin saberlo, como si la hubiese estado esperando toda la vida y ella hubiera decidido para probarme hacer su aparición así, soterrada por los ruidos de la imprenta. En ese marco tan poco espectacular ni sagrado, el joven engranaje que yo era se desacopló y se detuvo, no falté a la cita y a pesar de que detener la minerva se paga con horas de retraso, yo la detuve. Paré la máquina y me acerqué rapidamente a la radio como a un tótem fulgurante del que manara vida y allí estaba, ¡oh radio sangrada!, Alfredo Zitarrosa recitando “Guitarra Negra”, esa obra de arte poética, musical, ideológica, que a partir de entonces y hasta hoy y seguramente por el breve siempre que me resta vivir latirá entrañada en mi sangre. Los motivos no puedo explicarlos, pues esa es la gracia de las obras maestras y de toda poética bien nacida, no conjugar nunca con la teoría, ser autónomas y ariscas a lo que no sea su radiante “sí” abierto y definitivo “porque las palabras como el aire son aliento que se vuelve viento”.
Tal vez se trate también de la forma, no sólo del contenido de la poesía, la forma en que está dicha, el galope de esa voz extraordinaria, el ritmo, el tono, la cadencia. Como actor le debo a Zitarrosa el haber descubierto que la voz tiene cuerpo y alma y que allí anidan los secretos del sentido y lo sensible.
Años después, tuve la suerte de ser convocado por Naldo Labrín (guitarrista y amigo de Zitarrosa) al homenaje que se le hiciera en el Opera para recitar “Guitarra Negra”. Fue la gloria. Luego hicimos con Naldo, Julio Lacarra y Nacha Roldán un espectáculo homenaje a Zitarrosa llamado Canto de Nadie. Para entonces y desde entonces recito “Guitarra Negra” de memoria, la tengo dentro de mí y muy seguido manejando o solo en mi casa la digo en voz alta y me emociona como la primera vez.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5094-2009-02-01.html