Cuando caen las hojas como voces
y es invierno en febrero
y no hay caminos
Cuando duelen las horas como siglos
y es eterno el naufragio y no hay salida
entonces
la mirada se transforma en espejo
y el cielo
es un abismo que aprisiona.
Cuando duermen los sueños como bajas de guerra
y es un precipicio la mañana
y no hay pájaros
Cuando llueven los truenos como bombas
y es un trozo de hielo la garganta
y no hay música
entonces
la palabra se convierte en insulto
y el silencio
apenas acompaña.
Elvio Zanazzi
(del Libro "Sueños de Aquí)
jueves, 26 de marzo de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
martes, 24 de marzo de 2009
LA REPÚBLICA

Encadenan el brazo derecho de la República y su ley,
su constitución,
las pálidas fibras de la vida simple quedan inmóviles en un sigilo de piedra.
Pareciera que un general, un coronel borracho
y media docena de capitanes han encadenado el brazo derecho.
Encadenan el brazo izquierdo de la República y la calma,
el tránsito pesado, el tránsito ligero
y las barbas blancas del parlamento quedan fijos
en un monumento de bronce, para el recuerdo.
Rodean el cuello de la patria con una gruesa soga de espinas y de lodo
y la respiración de cada día, ya de por sí difícil, se hace imposible,
salvo que uno esté del lado de un general, de un coronel y media docena de capitanes borrachos.
Aprietan la cintura de mi tierra con un silicio al rojo vivo
y la República se convierte en un pobre pájaro muerto
donde se multiplican los gusanos y las hormigas
todo con aspecto de mármol de Carrara,
cubierto de hielo en julio y de paja maloliente en febrero.
Y ya nadie se cree que un general, un coronel y media docena de capitanes tienen el poder y el manto sagrado;
hay algo más, una vuelta más.
La voz del amo con los estados unidos, los unidos estados desde atrás y los vendepatria por delante
poniendo sus caras en los ministerios, en la escalinata de la Casa Rosada y sus traseros en los baños dorados de las embajadas
nos dicen que TODO está bien, que así TODO bien está;
nos dicen que un general, un coronel y seis capitanes son los auténticos dueños del país, y desde allí
convocan a todos los hijos de nuestro Suelo-Amado-Patrio
a la unión, la concordia, el progreso y la muerte.
Seis Capitanes, un coronel
y un general borrachos,
vulgarmente borrachos de sangre.
LEONARDO CASTILLO
domingo, 22 de marzo de 2009
HERP
Hastío hasta hartazgo
Hoy
Huecos horneros heridos honrosos
Harán huir hermanos hurones.
Herrados hieráticos herméticos
Habrán horadado hernias.
Huesudo huele huecos
Hundido
Hundido
Hundido.
Elvio Zanazzi
Hoy
Huecos horneros heridos honrosos
Harán huir hermanos hurones.
Herrados hieráticos herméticos
Habrán horadado hernias.
Huesudo huele huecos
Hundido
Hundido
Hundido.
Elvio Zanazzi
viernes, 20 de marzo de 2009
Otoño
Ahora es el veinte de marzo, según el equinoccio.
El otoño trae mañanas tibias y árboles en celo.
Debería ser un santuario de armonías.
Pero el cambio climático es menos peligroso
que los canallas,
los energúmenos del sector
los apropiadores de la palabra
los intrusos de la ternura.
Hay que plantar la flor como se pueda.
Elvio Zanazzi
El otoño trae mañanas tibias y árboles en celo.
Debería ser un santuario de armonías.
Pero el cambio climático es menos peligroso
que los canallas,
los energúmenos del sector
los apropiadores de la palabra
los intrusos de la ternura.
Hay que plantar la flor como se pueda.
Elvio Zanazzi
jueves, 19 de marzo de 2009
viernes, 13 de marzo de 2009
De Susanas, Marcelos y sentidos.
Había una vez un Pueblo al que se le había perdido la Palabra. Sus habitantes circulaban mudos y, de no oír, muchos comenzaron a quedarse sordos. Sólo unos pocos ciudadanos mantenían el habla, pero lo guardaban para ocasiones especiales, temiendo que en la exhalación se fueran para siempre las vocales y los verbos. Ese pequeño grupo se reunía en torno de fogones una vez a la semana: sostenían que el fuego mantiene caliente la Palabra y además brinda luz, por si el mal se extendía a los ojos.
La pérdida de la Palabra sobrevino a un temporal, un clima raro, pegajoso, hostil a la piel, una especie de llovizna que al retirarse dejaba un gusto amargo en la lengua. Durante la tormenta, sólo se escuchaban las voces de los más poderosos del Pueblo: Las susanas, que eran propietarias de las estancias más vastas y ricas de la comarca; los marcelos, sostenedores de los mayores exabruptos e indignidades que –por cotidianos y penetrantes- terminaron siendo aplaudidos por gran parte de la sociedad. Ellos hicieron grandes fortunas. La iglesia sacó también comunicados. Ninguno mencionaba sus vergüenzas por miles de años de licencias en nombre de dios, desde la permisiva traición a los postulados de Cristo, al silencio ante las guerras inventadas por los imperios, a la coparticipación en gobiernos de muerte. Los dirigentes del Pueblo procuraron navegar en ese mar de desconcierto, yendo para donde el viento llevaba las velas, con minúsculas excepciones claro, mujeres y hombres que terminaron en los fogones o perdieron el habla de inmediato. Susanas y marcelos se hacían oír a través de los ecos del monte que rodeaban el poblado. Y esa resonancia era el arma de mayor poder en la región. Y entonces, la mayoría, terminó por convencerse de que la única Palabra verdadera era aquélla: la proveniente de esa caja revererante que emitía sonidos de terror. Y así comenzaron a desaparecer vocablos como ternura, solidaridad, igualdad, reparto, equilibrio, amor. Otros convirtieron su significado: la palabra Justicia pasó a definirse en el nuevo diccionario como: “Eliminación de villas de emergencia, desaparición de niños de piel oscura, seguridad, pena de muerte”. La gente comenzó a asegurar que la culpa de todos los males estaba en los pobres, en los indocumentados que invadieron el Pueblo, en los haraposos que hablaban de Derechos. Lo percibían a diario por las voces del monte, por el clima pastoso, por los bramidos de los defensores de la propiedad privada, por los oficios de la iglesia, por los dirigentes apetecidos de sostener sus acaudalados modos de vida. Sólo el pequeño grupo de los fogones mantenía intacto uno de los sentidos: el olfato.
Elvio Zanazzi
12 de Marzo de 2009
La pérdida de la Palabra sobrevino a un temporal, un clima raro, pegajoso, hostil a la piel, una especie de llovizna que al retirarse dejaba un gusto amargo en la lengua. Durante la tormenta, sólo se escuchaban las voces de los más poderosos del Pueblo: Las susanas, que eran propietarias de las estancias más vastas y ricas de la comarca; los marcelos, sostenedores de los mayores exabruptos e indignidades que –por cotidianos y penetrantes- terminaron siendo aplaudidos por gran parte de la sociedad. Ellos hicieron grandes fortunas. La iglesia sacó también comunicados. Ninguno mencionaba sus vergüenzas por miles de años de licencias en nombre de dios, desde la permisiva traición a los postulados de Cristo, al silencio ante las guerras inventadas por los imperios, a la coparticipación en gobiernos de muerte. Los dirigentes del Pueblo procuraron navegar en ese mar de desconcierto, yendo para donde el viento llevaba las velas, con minúsculas excepciones claro, mujeres y hombres que terminaron en los fogones o perdieron el habla de inmediato. Susanas y marcelos se hacían oír a través de los ecos del monte que rodeaban el poblado. Y esa resonancia era el arma de mayor poder en la región. Y entonces, la mayoría, terminó por convencerse de que la única Palabra verdadera era aquélla: la proveniente de esa caja revererante que emitía sonidos de terror. Y así comenzaron a desaparecer vocablos como ternura, solidaridad, igualdad, reparto, equilibrio, amor. Otros convirtieron su significado: la palabra Justicia pasó a definirse en el nuevo diccionario como: “Eliminación de villas de emergencia, desaparición de niños de piel oscura, seguridad, pena de muerte”. La gente comenzó a asegurar que la culpa de todos los males estaba en los pobres, en los indocumentados que invadieron el Pueblo, en los haraposos que hablaban de Derechos. Lo percibían a diario por las voces del monte, por el clima pastoso, por los bramidos de los defensores de la propiedad privada, por los oficios de la iglesia, por los dirigentes apetecidos de sostener sus acaudalados modos de vida. Sólo el pequeño grupo de los fogones mantenía intacto uno de los sentidos: el olfato.
Elvio Zanazzi
12 de Marzo de 2009
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